Mientras jugábamos unas partidas de club, dos hombres  nos observaban con cierta sorpresa y extrañeza. Circularon entre las mesas sin abrir la boca y desaparecieron. Unos días después me los encontré en la cafetería y me comenzaron a hacer preguntas sobre lo que habían visto. Querían saber, conocer. Estaban al tanto de lo que era el scrabble puesto que ellos dos jugaban en ocasiones y parecía por momentos que la charla me  iba a resultar interesantísima.

Me comentaron que pertenecían a un club de ajedrez de nuevo cuño, con poquitos miembros y muy abiertos a todo conocimiento. Por supuesto alabaron las maravillas del ajedrez, de la ausencia de azar, de su integridad, de su universalidad y yo que se cuantas virtudes más. Finalmente entre tanta alabanza extrema acabaron por retarme a jugar unas partidas de scrabble, a lo que sin dudarlo asentí encantadamente.

Y llegó el día fijado. Presto con mi tablero y mi reloj me dirigí al centro de juego, eso si, temeroso de que me retaran también a una partida de ajedrez, algo que intuía me veía venir.

Al llegar me recibieron los dos que me habían invitado y me presentaron a dos jugadores amigos. Estaban bebiendo unas cervezas. Saludos y demás, despliegue de tablero y a jugar.

He de reconocer que me salía todo, el colmo de la suerte y con mi primer rival, un funcionario municipal sumaba puntos y puntos sin parar. Me dijeron si quería tomar algo y dije que no. Ellos se sirvieron unos güisquis con coca cola…..vamos…unos cubatas en toda regla. Y seguimos jugando. Y aumentaba la ventaja 400-127. Increíble, y la verdad es que no lo hacía nada mal mi rival, Justito pero la descompensación de fichas lo hacía más exagerado que lo que realmente debería ser.  Finalmente 540-210 fue el resultado final.

OH!!!..No te quejaras que la suerte te ha acompañado… – Si, si, por supuesto-dije.

Y mi segundo rival buscó acomodo para otra partida. Este era profesor de colegio y de matemáticas. Pintaba interesante.

Antes de empezar se sirvieron otro güisqui,  “para entrar en calor”- comentaban. El maestro era más duro y anagramador, y  la suerte esta vez no estaba tan de mi lado. Mucha igualdad y para contrarrestarla tuve que echar mano a la picardía de las palabras con sufijo. La técnica para acabar pronto con los inexpertos.

Del silencio sepulcral de los primeros minutos y la primera partida se pasó a un  tono de voz cada vez mas “in crescendo”. Y venga güisquis. 

Pude distanciarme y ganar sin mucha dificultad pese a mis malos atriles, 481-398.

-Chico, este juego es pura suerte –decía el funcionario mientras se servía otra copa.

-El ajedrez es más real…sin azar, A esto no me ganas. –gritaba el maestro.

En fin, que mis peores augurios se cumplieron. Sacaron un tablero de ajedrez y sus piezas. Reían, se miraban cómplices…y seguían bebiendo.

 ¿Quieres una? –No gracias.

El maestro ejecutó su primera jugada, y como si se concentrara seguía sorbo a sorbo dale que te pego. Yo no soy un buen jugador, discreto diría más bien. Eso si, estaba sereno, concentrado mientras mi rival jugaba al juego de la liebre y la tortuga permitiéndose lindezas de principiante solo para disfrutar aún más al ganarme.

Y en esto que lo vi. claro. Una jugada de mate, espectacular. ¿Y como no la he visto? – exclamó mi contrincante. Gané la partida.

Y se sentó el segundo, el funcionario. Rojo como un tomate y con el vaso nuevamente lleno fue más agresivo de inicio que el anterior. Quería acabar conmigo por la vía rápida y casi que lo consigue, aunque con su exagerado entusiasmo cometió un error casi infantil. Dicho en vulgar expresión española. Me lo puso a güevo. Y zas!!  Jaque mate.

No lo asimilaron bien, nada bien, y en ello los dos que miraban también pidieron partida. Y también perdieron. Bueno, los errores en estas fueron aún peores, se les caían las piezas, temblaban y seguían a pulso con sus respectivos vasos bien llenos.

Y acabó el festival. – Pero que suerte tienes!!!!,- decían. -Estos del scrabble es que sois semi profesionales.

Yo estaba contento, si señor, muy contento. Yo no gané esas partidas. Dios, si perdían ellos solos entre tanta bebida. Pero en definitiva la lección les vino bien y mi autoestima por las nubes.

 Nos despedimos. Era muy tarde, mucho.

 –¿Te tomas la penúltima?  Me gritaban a lo lejos.

MORALEJA:

Si bebes no conduzcas ni juegues a nada  (no tendrás suerte)

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