Me enseñó el diccionario y mi insana afición por el escrábel que todas las palabras son
una misma cosa. Se transponen las letras, que van saltando de una palabra a otra, a
veces incluso de una frase a otra. Éstas son cosas que ya sabían los griegos.
Me enseñó el diccionario que, por más que lo queramos, no podemos estar arrepentidos.
Es cosa muy extraña que tiene que ver con la ausencia de transitividad y de valor
sustantivo o adjetival.
¡Mostráos arrepentidos y os salvaréis!, exigía, capacitado, el inquisidor. No podemos,
señor inquisidor, el diccionario no nos lo permite, respondía el pobre hereje.
¡Hala! ¡Por culpa del maldito diccionario, otro puñado de herejes a la hoguera!
Tampoco se pudieron salvar muchas herejes, ni las arrepentidas, pobres ellas, aunque,
en su caso, en este caso, la sustantividad sí las tocó. Bienaventuradas las arrepentidas,
porque de ellas será el reino del diccionario. Amén. Y ¡a la hoguera! Si al menos las
hubieran dejado enclaustrarse…
Durante siglos, tantas y tantos herejes, sustantivadas o meramente deverbales (y
singulares), irrespetando las leyes divinas. Se acaba así en la hoguera, por herejía.
De las hogueras salía olor a pollo, algunos grititos estúpidos, muchos gritos satánicos,
blasfemias nunca bien ponderadas y demás excrecencias asquerosas. Cuando el diablo
anda tras estas cosas, ya se sabe.
En una pira colectivizada (decenas de herejes ardiendo, como koljózniki hacinados en
aras del bien colectivo), las herejes y los herejes explotaban como palomitas. De
repente, explotó al unísono todo el conjunto de los arrepentidos. Sonaron como un solo
y enorme pop. ¿Y eso?, preguntó el inquisidor, con extrañeza. A lo que un hereje, sin
evidencia de arrepentimiento, asomó la nariz entre las llamas y respondió: las herejes,
su excelencia, que son todas unas pedorrientas.
Abrazos,
PRODIGIO GASEOSO de Patxi Navarro