Siempre se ha dicho que tres verbos resumen a un campeón: QUERER, SABER Y PODER.  Con que falle o se carezca de uno de ellos, no hay nada que hacer.

Supongamos que QUERER  es el más fácil, pero los otros dos requieren de algo más. Salvo extraordinarios talentos, ganar o simplemente estar en la cresta de la ola de una competición requiere de esfuerzos fuera de los tableros.

El truco de los campeones consiste en enfocar las competiciones de tal manera, que con independencia de aquello que objetivamente está en juego, perciben más posibilidades que limitaciones. Y son esas limitaciones las que todos podemos pulir.

Ocasionalmente, pero sobre todo después de torneos, algunos jugadores y especialmente aquellos que han invertido tiempo en estudio, aprendizaje o práctica, se hacen las mismas preguntas en torno al porque no han obtenido una mejor clasificación en un torneo, porque parecen no progresar durante la temporada, etc.

Y en el fondo aunque cada uno le quiera dar una respuesta más o menos equilibrada (incluyendo la de que esto es todo suerte) las preguntas reales deberían ser otras: ¿realmente merezco una mejor clasificación?, ¿Trabajo a tope para conseguir esta meta?, ¿me esfuerzo para estar en las mejores condiciones para competir?…

Hay varios factores que deberíamos valorar para determinar si podemos llegar a la cima o al menos ser competitivo en torneos. Todos son importantes y por ello es difícil ponerlos en orden.

Ser competitivo en la actitud es primordial: el deseo de ganar o al menos jugar lo mejor que uno puede es tremendamente importante. Implica la capacidad de luchar hasta el final, de evitar el conformismo,  de tener confianza en uno mismo y creer que puede vencer al rival aunque éste sea en teoría mejor, y también entra aquí la capacidad de superar la adversidad (la derrota) y la gestión de la misma.

El esfuerzo y la capacidad de trabajo fuera del entorno de competición son vitales y va complementado con lo anterior. No basta competir con fuerza en torneos para luego no estudiar seriamente fuera de los campeonatos, no preparar estrategias, no practicar con comprensión de evaluar errores y aciertos. Se requiere persistencia, continuar hasta corregir el error y pasar al siguiente nivel de conocimiento.

Esa capacidad de estudiar requiere un esfuerzo y una metodología por dominar y aunque uno se desviva por ganar al sentarse delante del tablero o cuando comienza una competición, realmente si no se aprecia la misma capacidad competitiva para trabajar en casa entre torneos, aunque se supone que está preparando el momento de la verdad, poco se va a avanzar.

Cada vez adquiere más importancia el aspecto psicológico y en ello, saber controlar los nervios al tomar las decisiones sobre el tablero diferencia a los mejores de los del segundo nivel. Gestionar correctamente un mal atril o una mala jugada propia o interpretar el juego del rival, no ponerse nervioso en los apuros de tiempo, mantener la calma durante toda la partida, conseguir ese punto de concentración y atención sobre todo durante la parte más crítica de esta. Todo ello es importántísimo.

Esos son aspectos intrínsecos a la personalidad de algunos jugadores y por razones obvias un plus para que algunos se acerquen a su objetivo más fácilmente. Aún así quienes no tienen ese aval en su forma de ser, no pueden argumentar eso como un problema, porque siempre pueden trabajarlo y es evidente que hay ejemplos que lo demuestran.

El talento natural sin duda es importante pero seguramente menos de lo que la gente piensa. Siempre se ha dicho que el talento es el 10% de la base, el 90% restante es trabajo.

El talento se muestra en la capacidad de aprender más rápidamente y mejor que la media, la capacidad de estudiar y asimilar lo estudiado, la capacidad de interpretar un tablero y reproducir tu propio esquema de juego.  Los hay que parece nacieran con él, pero también se puede alcanzar con esfuerzo.

Y vistos estos diversos factores, quizás resumidos en el término: ACTITUD,  cabe siempre tener en cuenta o procurar adquirir una mentalidad obsesiva no solo en el deseo de progresar, sino en la visión positiva de que hay que minimizar lo máximo posible la incidencia del azar, porque hasta la suerte y el azar se contrarrestan con preparación y auto exigencia.

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