Los principios de certidumbre y de presencia idiomática parecerían ser contradictorios, pero realmente se comportan más bien como complementarios. Se sitúan a ambos lados de una cuerda imaginaria, tirando de ella en direcciones opuestas, y saber encontrar el justo equilibrio entre ambos contiene buena parte de la clave del éxito en la gestión del atril.

Hay un ejemplo muy sencillo que sirve para visualizar la influencia de ambos principios en nuestras decisiones en torno a los restos de atril. Pensemos en el mejor resto de seis fichas que podríamos quedarnos: ¿A-E-E-N-R-S, por ejemplo? Bien, pues con esta excelente combinación únicamente podemos optar a formar algo menos de 1000 palabras distintas de 7 u 8 letras. Es una cifra aceptable, pero, claro, no siempre podremos optar a este magnífico resto de atril y, con otros no tan bondadosos, esta cifra puede llegar a reducirse mucho. Si, por ejemplo, quitamos una E (quedándonos con A-E-N-R-S), estaremos optando a algo más de 3600 palabras de 7 u 8 letras, pero esto no significa que este resto de atril sea mejor que el anterior, sino simplemente que, a través de la sustracción de una letra, estamos ampliando el abanico de palabras a las que optamos, aunque, por contra, la probabilidad de que la ficha adicional que robemos tenga menos versatilidad que la E también se amplía. El abanico de posibilidades se va ampliando a medida que quitamos una y otra letra, hasta llegar a casi 83000 palabras distintas de siete y ocho letras posibles si nos deshacemos de nuestras siete fichas. ¿Significa esto que tendremos más opciones de conseguir scrabble si nos deshacemos de todas nuestras fichas que si nos quedamos con algunas de ellas? En absoluto.

Pero vayámonos ahora al extremo opuesto: tratar de mantener en el atril tantas fichas como sea posible (teóricamente seis, de forma óptima), siempre que se trate de un atril equilibrado, aunque no necesariamente versátil. Para visualizar el ejemplo, volveremos a ese excelente resto de A-E-E-N-R-S. Suponiendo que queden 93 fichas en la bolsa, cualquiera de ellas, a excepción de la Q, nos sirve para formar un scrabble de 7 letras (es decir, la única ficha que deberíamos haber devuelto a la bolsa en este supuesto es la Q). Cosa distinta es, claro está, que conozcamos o seamos capaces de dar con al menos uno de los scrabbles posibles con cualquier letra adicional, pero nuestra probabilidad de éxito en este ejemplo es de 92 sobre 93 (o de 93 sobre 93 en el caso de que hayamos devuelto la Q a la bolsa).

Pero, en tanto que no siempre podremos optar a un resto de atril tan bueno como éste, la cosa puede terminar no siendo tan sencilla como parece. Supongamos un resto de atril relativamente equilibrado y con letras versátiles, por ejemplo: A-E-E-O-S-X. Nuestro primer pensamiento puede ser: “si robo N, S o T podré tener OXEASEN, OXEASES u OXEASTE, y con una B tendré BOXEASE… Me desharé de la ficha que me sobra”. El razonamiento parece muy bueno, porque, en realidad, optamos a 23 scrabbles distintos de 7 y 8 letras, y también nos servirá la R (EXORASE) y distintas combinaciones de dos letras para los 17 scrabbles de 8 letras posibles. Fijémonos en las probabilidades: con 93 fichas en la bolsa, la probabilidad de robar N, R, S, T o comodín es de 21 sobre 93 (aproximadamente un 23%). Pero pensemos también en que la probabilidad de no obtener scrabble es entonces de un 67%. Y, además, si esto lo hacemos no al inicio de la partida, sino con ella ya avanzada, nuestras posibilidades se reducirán muchísimo, pues la gran mayoría de buenas letras (como N, R, S, T o comodín) suelen jugarse en la primera mitad de la partida, quedando las menos versátiles en la bolsa, como producto de los distintos cambios efectuados. En cuanto a los posibles scrabbles de 8 letras, la probabilidad de conseguir alguno de los 17 posibles no es realmente muy elevada, pues la letra que robemos y aquélla con la que podamos cruzar sobre el tablero deben conformar alguna de las combinaciones necesarias de dos letras concretas para dar con uno de estos 17 scrabbles.

Resulta demasiado común en tableros de competición encontrar a jugadores de todas las tallas apostando, un turno tras otro, a la estrategia del “me quito una”. El hecho de que en ocasiones funcione para conseguir scrabble en el turno siguiente no significa que siempre sea una buena estrategia. Deshacerse de una sola ficha buscando un puñado muy concreto de scrabbles posibles con una combinación de seis fichas como resto de atril implica, además de las limitaciones derivadas de la elección, que en nuestra jugada anterior (la de descarte de la ficha sobrante) habremos obtenido muy pocos puntos y probablemente sacrificado un buen puñado de jugadas que podrían garantizarnos puntuaciones mayores o mucho mayores. Apostar a esto un turno tras otro, si no se ha conseguido el scrabble tras uno o dos intentos, se convierte en una trampa mortal, pues, a poco que nuestro oponente consiga jugadas de 20 o 30 puntos, si no más, en unos pocos turnos habremos cavado nuestra fosa.

Los restos de atril versátiles y de pocas fichas y aquéllos con muchas fichas aunque no necesariamente con mucha versatilidad tiran en direcciones opuestas de una misma cuerda y se alían con otros “tiradores” como la puntuación inmediata y segura (el resto de atril corto y versátil), o la promesa probable pero nunca segura de un scrabble en el turno siguiente (el resto de atril largo y probablemente menos versátil).

 

¿A qué equipo debemos aliarnos en cada caso? En tanto que jamás sabremos qué nos deparará la bolsa en la siguiente extracción, no podemos ofrecer una respuesta clara. Es por eso que la gestión de atril se convierte en un arte con mucho de intuición y de cálculo.

 

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