Hay momentos en algunas partidas de Scrabble en las que me viene a la mente una historia que me contaron de niño. Era la historia de un rey que volvía en su barco de un lejano país donde había conseguido una cantidad ingente de toda variedad de tesoros. Sin embargo, en mitad del océano la nave comenzó a hundirse por el peso de dichos tesoros. El rey hizo caso omiso a las lógicas advertencias de su tripulación para tirar parte de aquellas riquezas al mar, y al final el barco naufragó y todos murieron. Prefirió morir agarrado a sus riquezas antes que intentar sobrevivir como fuera.

Salvando las distancias, es muy parecido a lo que ocurre a menudo cuando uno va muy por detrás en el marcador en una partida de Scrabble. Vamos perdiendo, por ejemplo, de 120. Tenemos muy buen atril pero no vemos el scrabble. “Aquí tiene que haber algo”, nos torturamos. Pero no hay manera. Nos agobiamos y nos surgen las dudas: ¿hago 25 puntos deshaciendo mi buen atril para acercarme a una distancia que aún me parece insuficiente? ¿O suelto una letra para hacer 6 puntos y me guardo mis tesoros, esperando que una corriente favorable me dé un buen empujón hacia la orilla?” A menudo esta segunda opción sale rana: en estos casos, a la bolsa le gusta obsequiarte con la “q”, la “y” o con alguna vocal que ya tenemos por partida doble en nuestro atril. Después, para desesperación nuestra, el rival nos hace 30 ó 40 puntitos y hala, se nos va de 165.

¿Y ahora qué? ¿Seguimos guardando nuestros tesoritos? ¿Soltamos otra letrita para hacer otros 10 puntitos y esperar un Scrabble que no llega? Es muy posible que en nuestra ofuscación escojamos esta opción. “Ya que he perdido un turno, sigo con el plan”. También puede que volvamos atrás y optemos por hacer esos 25 puntos a los que renunciamos antes. Salvo que ahora hemos perdido un turno y nos quedamos a 140, en lugar de situarnos a unos aún salvables 95 puntos.

Si aquel rey pudiera hablar desde el fondo del mar seguramente diría que hizo mal en intentar conservar sus tesoros a bordo. Y si nosotros pudiéramos rectificar después de haber soltado una letra y haber cogido la “Q” o la “Y”, lo haríamos. Esto es lo que yo llamaría “la lucha contra los a posteriori”. Cuando dejamos de tener el control y dejamos que sea la fortuna quien decida el destino de nuestra partida o de nuestro barco maximizando el factor suerte, estamos comprando todas las papeletas para que un quejumbroso “a posteriori” salga de nuestra boca mientras lamentamos nuestra mala fortuna cuando ya nos hemos hundido.

Seamos consecuentes, pues, y no nos quejemos de la suerte si hemos decidido que sea ella, en lugar de nosotros mismos, quien dicte si vamos a ganar o perder una partida.

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