Cualquier torneo del circuito de Scrabble en castellano puede convertirse en un inmejorable campo para realizar el más completo estudio de psicología conductual. Si pudiéramos contemplar como en un caleidoscopio la densa amalgama de emociones, actitudes, cambios de ánimo, alegrías, frustraciones, etc que se funden en una sala de juego durante unas horas, nos quedaríamos maravillados.

“Odio este maldito juego y su decisivo azar, no me ha entrado nada”. ¿Quién no ha pensado esto alguna vez al perder una partida en la que por más que se devanaba los sesos, sólo cogía ges, haches, eles y cus?.

“Para salir cabreado de aquí prefiero no jugar más”, llegamos incluso a pensar a veces cuando la mala suerte se ensaña con nosotros.

Por supuesto, cuando se nos pasa el calentón volvemos a jugar como si nada, nadie en su sano juicio deja de jugar a Scrabble tan fácilmente. Pero no deja de ser llamativo e incluso inquietante el grado de frustración que un juego puede llegar a provocarnos.

En estos casos, curiosamente, solemos caer en una especie de “síndrome de Estocolmo escrablero”. Es muy común buscar el “consuelo” del rival que nos está machacando: murmuramos frases como “vaya letritas”, “otra vez la Q”, incluso en algunos extremos enseñamos nuestros pésimos atriles al rival. ¿Qué buscamos con esto? ¿Qué deje de machacarnos? ¿Cierta complicidad? ¿Compartir nuestra solitaria frustración con nuestro verdugo?

 

En los inicios de partidas, una situación muy común es la de aquellos jugadores que al enfrentarse a un rival determinado se sientan a jugar derrotados de antemano. Por la razón que sea (“nunca le he ganado”, “es un top, lo tengo imposible” “la última partida me hizo 700 puntos”, “me ha ganado 10 de las once últimas que hemos jugado”…etc) nos invade desde el comienzo la sensación de que tenemos delante un muro imposible de saltar. Obviamos que a nuestra “bestia negra” también pueden salirle malas letras, sólo intuimos comodines y buenas letras en su atril… Y al final jugamos con miedo y perdemos. Esto ocurre porque desde que nos hemos sentado hemos retro alimentado nuestro convencimiento de que la derrota llegará. La inseguridad que esto nos provoca hace que seamos nosotros mismos quienes tiremos la partida por la borda al cometer errores de bulto: pretendemos tapar todas sus opciones de puntuar alto por miedo a que nos machaque, abrimos el tablero a lo loco si comenzamos a vernos atrás en el tanteo…etc. En una frase: condicionamos nuestro juego por miedo al rival.

En cambio, he llegado a ver jugadores que se sientan frente a un rival igual o mejor que ellos con una copa de vino o un Martini en la mano y bromeando, como si la cosa no fuera con ellos. Y entre sorbo y sorbo, acaban la partida haciéndole 600 puntos y 5 scrabbles a su contrincante que, agotado, con la cara desencajada y con las neuronas exprimidas, apenas ha sido capaz de llegar a 300.

La mentalidad con la que nos sentamos frente al rival  a menudo es mucho más decisiva que la suerte de las letras. Según las características de cada jugador habrá una forma más adecuada de afrontar la partida: los hay que no pueden jugar sin tensión. Otros en cambio son un manojo de nervios desde el principio y necesitan distender el ambiente como sea. También encontramos todo tipo de rituales: escuchar música justo antes de empezar, jugar con determinado gorro o pulsera puesto… En conclusión: hay tantas formas de mentalizarse adecuadamente para una partida como jugadores existen, pero como contrapartida, también es muy fácil equivocarnos en esta preparación. Un buen conocimiento de nosotros mismos nos ayudará sin duda a encontrar nuestra particular manera de encarar determinadas partidas.

Una vez ya metidos en faena, resulta decisiva la fortaleza o debilidad mental con que afrontemos una situación de partida que se nos pone cuesta arriba. Pero igualmente concluyente resulta tener o perder el control de la situación en una partida que tenemos de cara.

En el primer caso, pongamos como ejemplo una partida en la que el rival nos coloca de salida dos scrabbles regalados y una jugada de 50 puntos. Nosotros, tras un cambio desastroso, nos vemos con un marcador de 200 a 30 en contra sin comerlo ni beberlo, y con GVQHLPB en el atril. Ante esta situación hay algunas actitudes habituales: “Ya está, es la partida de su vida. Seguro que tiene otro scrabble. Qué Mala suerte.”. “Quedan 80 letras en la bolsa, la suerte tiene que cambiar, aún es remontable”. “Voy a convertir la partida en un caos sin control de triples, nónuples…igual me da perder de 200 que de 300 “.

Cada una de estas actitudes que bulle en nuestro cerebro tiene consecuencias inmediatas no sólo en nuestro juego, sino en la imagen de nosotros que proyectamos al rival. Hacer que nuestro rival sienta nuestro aliento en el cogote es indispensable para tener opciones de remontar este tipo de partidas, sea más ficticio o menos. La imagen que proyectemos y nuestro lenguaje corporal es vital para crearle presión y forzarle a cometer errores. Mantener la tensión, mover las fichas de nuestro atril, calcular sobre el tablero un scrabble ficticio… Puede empezar a crear dudas en nuestro contrincante, aunque nuestras letras no sean buenas. En cambio, el resoplar, denotar frustración mediante nuestro lenguaje corporal o quejarnos en voz alta, a no ser que seamos auténticos actores, refuerza la seguridad de nuestro oponente y por tanto optimiza su juego. Se trata, en conclusión, de forzarle a cometer errores como sea.

Al otro lado del tablero, aunque nuestro rival vaya muy por delante, a veces olvidamos que también puede tener dudas e inseguridades: “Queda mucho, como tenga buenas se me acerca. ¿Tapo? ¿Me distancio un poco? ¿Depuro y busco otro Scrabble?…”. Esto ocurre especialmente en jugadores inferiores que se ponen muy por delante, a los que a veces les cuesta aguantar la presión, sobre todo de mitad de partida en adelante. Será más fácil que cometan un error si les “hacemos ver” con toda nuestra esencia que vamos a remontarles esa partida seguro.

Otra situación habitual es el bloqueo. No siempre ocurre en una situación de partida decisiva. Y curiosamente, se da más cuando uno va por delante que al ir rezagado en el tanteo. Más de una vez simplemente no sabemos qué hacer con nuestro atril. No vemos una jugada de puntos, tampoco un sitio donde depurar para quedarnos con buenas letras, nos parece inadecuado un cambio porque quedan letras muy peligrosas en la bolsa y no queremos dejar nada al azar, etc. Hay jugadores que se llevan más de 5 minutos pensando ante estas situaciones, y al final suelen elegir una jugada desafortunada, porque ven que el tiempo se les va y no logran salir de ese atolladero. He llegado a ver cómo un jugador novato pasa el turno ante los nervios que lo atenazan por no saber qué hacer. Y aseguro que este tipo de cosas ocurren más en situaciones de partida favorables, debido a que en esos casos tenemos más miedo a arriesgar y a que el rival se nos acerque. El que va 150 por detrás rara vez se bloquea.

 

Para terminar, sirva como anécdota cierto jugador que al comienzo de cada partida se las ingenia, con mayor o menor éxito, para, según cuenta, intentar traspasar toda la presión del juego a su rival utilizando toda clase de argucias, llegando a inventar una frase distinta para cada tipo de contrincante. Que le toca un rival superior a él: “Buff, me toca jugar contigo? Qué paliza me vas a dar…”. Que le toca un rival inferior: “Vengo dormido/empachado/con una racha horrible, como no me ganes hoy, no me ganas nunca. Es tu oportunidad”. Que le toca un rival que se juega algo en el torneo: “yo ya tengo mi torneo hecho, tú te la juegas, así que ya puedes ir dándole caña”.

Quizás rara vez le funcione su estratagema para meter presión al contrincante, pero el hecho de observar cómo reacciona tu rival ante determinado estímulo ya desde antes de comenzar la partida puede ser muy útil para calibrar su estado mental.

 

nobel

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