Durante un descanso del último torneo en que he participado, tras haber perdido por un error de estrategia una partida de esas que pensamos que tenemos “en el bote”… comentaba con un jugador de los que todos admiramos que es un error muy frecuente en mí el jugar con precipitación, sin reflexionar lo suficiente… y que en realidad es algo que me sucede en todos los aspectos de la vida, que es mi carácter y que es muy difícil cambiarlo.

Me respondió que quizás fuera una lección que aprender, que el juego nos puede enseñar cosas útiles aplicables a otras facetas de nuestra vida, como en este caso a actuar de una forma más reflexiva.
Hace mucho tiempo, sentí curiosidad por la Grafología; y algo que me llamó la atención fue que parece ser que no solo es la forma de escribir un reflejo de nuestro carácter, sino que modificando conscientemente ciertos rasgos de nuestra escritura podemos alterar algunos de nuestra personalidad (por ejemplo: si en lugar de prolongar las letras hacia abajo nos esforzamos por alargarlas hacia arriba, seríamos más optimistas).
Algo similar se produciría, según otros estudiosos, siendo conscientes de nuestras posturas corporales y gestos. Dado que estos reflejan nuestro estado de ánimo y nuestra actitud, si caminamos erguidos nos sentiremos más animados e incluso más atractivos que si lo hacemos encorvados… si miramos a los demás a los ojos en lugar de rehuir su mirada, transmitiremos más cercanía e inspiraremos más confianza… al sonreír, incluso cuando menos nos apetezca, estaremos empezando a sentirnos mejor y comunicaremos sensaciones positivas.
¿Somos lo que transmitimos al exterior? ¿Podemos transmitir algo diferente a lo que llevamos haciendo probablemente gran parte de nuestra vida? ¿Haría eso que no solo nuestra apariencia sino nuestro fondo se transformara? ¿Estamos hechos de arena o de cemento?
¿Tiene esto algo que ver con el Scrabble? Espero que sí.
Todos estamos de acuerdo en que el Scrabble es un juego; pero, como toda actividad realizada por personas, puede entrañar mucha complejidad. Pensemos por ejemplo en un torneo, cuando no solo se trata de jugar sino de competir.
Al ir participando en mis primeros torneos, fui observando reacciones de distintos jugadores. En principio, me llamó la atención la forma de asumir la derrota: desde la total imperturbabilidad hasta la rabia más feroz (hacia uno mismo, el contricante o la maldita suerte), pasando por la amnesia casi inmediata o el “otra vez será”.
¿Quiere eso decir que el imperturbable no se inmuta ante la derrota? ¿Que el rabioso necesariamente desarrollará con el tiempo una úlcera gastroduodenal? ¿Que el amnésico olvida porque le es indiferente perder o ganar? Puede que sí y puede que no.
Pero antes de perder o ganar se desarrolla la partida en sí: ¿cómo nos enfrentamos al juego?, ¿deseamos realmente suerte a nuestro oponente cuando lo decimos, o es una simple fórmula de cortesía?, ¿nos comunicamos con el otro, lo observamos… o nos encerramos en nuestro caparazón?, ¿disfrutamos del juego, aunque conlleve cierta tensión… o sufrimos cual condenados en cuanto nos toman ventaja en el marcador? Con el corazón en la mano: ¿a quién seríamos capaces de vender por ganar todas y cada una de las partidas?; ¿a qué nos asemejamos más cuando jugamos al Scrabble: a un “perro” que no conoce ni a su madre, a un “cachorrito” de encantadora amabilidad, a un alegre “pajarillo cantor”, a un “rumiante” que no alza la cabeza de su atril, a un “tigre de Bengala” cuyo zarpazo es temible…?
¿Jugamos? ¿O competimos?
Y viceversa.
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